La muerte es un problema.
Puedes evitarla y posponerla, pero no puedes disolverla por completo. Hay de enfrentarse a ella. Sólo se disolverá atravesándola hasta el final.
Puedes evitarla y posponerla, pero no puedes disolverla por completo. Hay de enfrentarse a ella. Sólo se disolverá atravesándola hasta el final. Es muy arriesgado y te dará mucho miedo: todo tu ser empezará a temblar y sufrir sacudidas.
La idea de morir es inaceptable. Parece injusta y carente de sentido.
¿Qué sentido tiene la vida si hay que morir?
¿Para qué vivo, entonces?
¿Si la muerte va a acabar llegando, por qué no suicidarse ahora? ¿Para qué levantarse cada mañana, trabajar duro, acostarse, levantarse de nuevo, trabajar duro, acostarse... para qué?
¿Para acabar muriendo?
La muerte es el único problema metafísico. El hombre empieza a pensar a causa de la muerte. A causa de la muerte el hombre se vuelve contemplativo, meditador. De hecho, la religión nace a causa de la muerte. Todo el mérito va a parar a la muerte.
La muerte es el único problema metafísico. El hombre empieza a pensar a causa de la muerte. A causa de la muerte el hombre se vuelve contemplativo, meditador. De hecho, la religión nace a causa de la muerte. Todo el mérito va a parar a la muerte.
La muerte sacude la conciencia de todo el mundo. El problema es tal que debe ser resuelto. Así que no hay nada de malo en ello.
«Me enfrento a la muerte»...
«Me enfrento a la muerte»...
Todo el mundo se enfrenta a la muerte. Martin Heidegger dijo:
«El hombre es un ser hacia la muerte».
Y ésa es la prerrogativa del ser humano. Los animales mueren pero no saben que mueren o que van a morir. Los árboles mueren pero no se enfrentan a la muerte. Es prerrogativa del ser humano; sólo él sabe que va a morir. Por ello el hombre puede crecer más allá de la muerte. Por ello existe la posibilidad de penetrar la muerte y superarla.
«La acepto, o al menos eso creo»...
«La acepto, o al menos eso creo»...
No, la aceptación no es posible. No te engañes; puedes pensar que la aceptas porque resulta demasiado turbadora como para mirarla de frente. Incluso pensar en ella resulta tan turbador que uno piensa:
«Sí, vale. Voy a morir. ¿Y qué? Voy a morir, pero no hace falta que hables de ello. No hables de ello».
Uno se mantiene alejado y aparta el asunto a un lado para que no se interponga. Uno lo aparca en la inconsciencia.
La aceptación no resulta posible. Tendrás que dar la cara, y cuando la hayas mirado de frente no necesitarás aceptarla porque sabrás que no hay muerte.
«Y luego está toda la gente que enferma, y que acude al hospital para acabar muriendo, y entonces siento ese enorme nudo de miedo atenazándome el estómago.»
«Y luego está toda la gente que enferma, y que acude al hospital para acabar muriendo, y entonces siento ese enorme nudo de miedo atenazándome el estómago.»
Ahí es donde hay que resolver el problema. Ese enorme nudo de miedo en el estómago es justamente donde tiene lugar la muerte. Los japoneses lo llaman hara. Justo por debajo del ombligo, unos cinco centímetros por debajo, hay un punto en que alma y cuerpo entran en contacto. Cuando mueres, la desconexión tiene lugar en ese sitio. Nada muere porque el cuerpo no puede morir, el cuerpo ya está muerto. Y no puedes morir porque eres vida.
Lo que desaparece es la conexión entre ti y el cuerpo.
Ese nudo es exactamente el lugar en el que hay que trabajar, así que no lo evites.
OSHO



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